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domingo, 1 de septiembre de 2013

La Firma de Alonso Cano en la Alhambra

La Alhambra, “de tan original y sugestiva belleza, que ni aun el inventario excesivamente detallado de sus diversas partes sería capaz de ahuyentar de la imaginación del lector el mundo de seres poéticos que aún parece poblarlo” en palabras de Leopoldo Torres Balbás, ha atraído a lo largo de su historia a numerosos artistas de todas partes del mundo y de las más variadas disciplinas. La etapa de los viajeros románticos en el siglo XIX es el mejor ejemplo de este hecho, pero ya antes era la fortaleza de los nazaríes conocida y admirada como lo demuestran las memorias del primer “turista” que visitó Granada en octubre de 1494, el alemán Jerónimo Munzer,  que relata cómo vio “palacios incontables enlosados con blanquísimo mármol, bellísimos jardines adornados con limoneros y arrayanes, con estanques y lechos de mármol en los lados, … y en cada palacio muchas pilas de blanquísimo mármol rebosantes de agua viva”. Pero esta admiración no fue solo cosa de extranjeros, sino también de artistas locales como el protagonista de esta entrada, el “Miguelangel” español, el granadino Alonso Cano.
Alonso Cano de Almanasa, nacido en Granada en 1601 era hijo de un ensamblador de retablos de origen manchego, Miguel, venido hasta nuestra ciudad. Siendo aún un niño la familia se traslada a Sevilla, donde comienza a formarse en el arte de la pintura en el taller de Francisco Pacheco, compartiendo formación con “un tal” Diego Velázquez, la escultura la aprende nada menos que del “dios de la madera”, Juan Martínez Montañés. Su talento le sirvió para trasladarse a la Corte en 1638, donde es nombrado pintor de cámara de Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, el mismísimo Conde-Duque de Olivares, el hombre más poderoso de España en el siglo XVII. 
La reciente restauración que el Servicio de Conservación del Patronato de la Alhambra y el Generalife ha llevado acabo sobre las yeserías que decoran el Mirador de Daraxa o Lindaraja, situado en la Sala de los  Ajimeces del Palacio de los Leones, contigua a la de Dos Hermanas, ha dejado al descubierto la belleza y colorido de sus acabados polícromos que el tiempo, el polvo y la suciedad habían ocultado. Pero, una vez abierto de nuevo al público, los visitantes que se fijen, aparte de en su bella cubierta de comaraxías, en una de las adarajas que componen la cornisa de mocárabe de la que arranca el arco de acceso al mirador, concretamente en la jamba izquierda, verán un garabato en el yeso blanco. Mirándolo detenidamente se lee “Alonso Cano, año de 1658”.  No es, como se podría pensar, el dejar nuestra firma en los monumentos una costumbre “bárbara” de tiempos modernos. Lo mismo que hoy en día hay quien encuentra gracioso el dejar testimonio de su paso en los muros de los edificios patrimoniales, en el pasado también era costumbre. Muy cerca de donde nos encontramos, en uno de los mismísimos leones de la fuente del patio, el viajero romántico Richard Ford, que visitó Granada en 1831, no tuvo inconveniente alguno en dejar su rúbrica. Pero parece que ya antes el genio de las artes granadino también quiso dejar constancia de su visita y, quizás, su admiración por tan delicioso enclave obra cumbre de la arquitectura nazarí. En el mencionado año de 1658, Cano había regresado ya a la ciudad que lo vio nacer para ocupar el cargo de racionero del Cabildo catedralicio por intercesión de Felipe IV contra los deseos del arzobispo granadino, por lo que por la fecha no se podría descartar la autenticidad de la firma, aunque bien podría un presunto falsificador posterior indagar en la biografía de don Alonso para hacerla más creíble. Sea como fuere, original o falsa, ha quedado al descubierto y no se ha eliminado, creemos, ya que esta “alteración” provocada por la mano del hombre también forma parte de la historia y la evolución del monumento. Por último, al lector que visite la Alhambra y se vea tentado de emular a Cano, recordarle que no se deben tocar las decoraciones, ya que a largo plazo  el continuo roce de las manos causa graves daños en estas. A Don Alonso solo se lo perdonamos porque han pasado 355 años.
Para saber más: recomendamos este enlace del blog “La alacena de las ideas”, en la que se cuenta entre otras cosas cómo zanjó Felipe IV el pleito con el cabildo catedralicio por el nombramiento de Cano como racionero. (VER)
Como curiosidad: Recientemente se han instalado en algunos puntos del monumento paneles táctiles con reproducciones de la ornamentación nazarí en yeso, madera o piedra para poder tocarlas sin deteriorar los originales, dirigidas especialmente a invidentes, pero también para concienciarnos de la necesidad de conservar el monumento.(VER)

viernes, 16 de noviembre de 2012

Bab-al-Guduz. La Puerta de los Pozos o de Siete Suelos


Con anterioridad habíamos citado esta puerta, uno de los cuatro accesos principales a la  Alhambra en época medieval, al hablar del corral de cautivos de la loma de Ahabul y al recordar la voladura de 1812 en que fue destruida. Puede que hayamos pasado muchas veces ante ella, en el Paseo del Generalife, sin percatarnos de su existencia debido a las modificaciones que con el tiempo sufrió la zona. El cubo artillero construido en el siglo XV en su delantera es responsable en gran medida del ocultamiento de esta puerta, la más monumental que existió en la fortaleza. Vamos a profundizar ahora un poco más en su historia y arquitectura.

Loma de Ahabul, al fondo a la izquierda la Puerta de los Pozos.
Grabado de Frans Hogenberg, "Civitates Urbis Terrarum"
Su nombre, Bab-al-Guduz o “puerta de los pozos”, hace referencia a los silos que, como vimos, existían en sus cercanías. También se la ha conocido con los nombres “de Sierra” y, el más famoso, “de Siete Suelos”. Este último vino motivado por la creencia popular de que ese era el número de plantas que tenía el citado cubo de artillería. Hace más de medio siglo, entonces  no estaba tan bien custodiada, los niños granadinos se atrevían a entrar en sus ruinosos subterráneos tratando de averiguar si en verdad eran siete como decían las leyendas. Su construcción, sobre una puerta anterior más modesta, se debe a Yusuf I (1332-1354), uno de los gobernantes nazaríes más prolíficos que nos legó entre otras la que nos ocupa, la Puerta de la Justicia o el Palacio de Comares. 

Es una puerta de las llamadas “en recodo”, haciendo el pasadizo interior dos quiebros entre ambos accesos. Su fachada exterior abierta hacia el Sur se ejecutó íntegramente en mármol blanco, lo cual nos da cuenta de su importancia. En esta se abre un arco de herradura adovelado ligeramente apuntado en el que aparecen alternativamente dovelas rehundidas y resaltadas. Apoya este en semicolumnas adosadas al muro. Enmarca el arco un alfiz que define las hoy vacías enjutas que presentaban originalmente decoraciones de ataurique. Se remata con dintel con la misma disposición de dovelas que el arco. Sobre este existió hasta 1812 una inscripción con el lema de la dinastía nazarí, “solo Dios es vencedor”, completado con una franja de azulejerías. Un segundo arco, también pétreo, define el espacio destinado a alojar las robustas puertas forradas de plomo. Dos torres de veintidós metros de altura aportan solidez al conjunto. En el reconstruido arco que da salida al Secano de la Alhambra, de ladrillo visto, se aprecian restos de la fábrica original en piedra. 


Era este el acceso a la zona de los talleres artesanales de la medina alhambreña, además refieren las crónicas medievales que en la explanada exterior se desarrollaban justas y paradas militares como la celebrada el 24 de abril de 1478 por Muley Hacen. Era por tanto un símbolo del poder nazarí, el visitante debía quedar impresionado ante su contemplación. Por desgracia el “Invasor” borró con pólvora la imagen de esta puerta que, reconstruida en los años sesenta del siglo XX, hoy solo es reflejo de su pasado esplendor. Sus bóvedas quedaron hundidas, sus torres semiderruidas, todas las decoraciones y el propio arco perdidos. 


El baluarte del siglo XV corresponde a las obras de fortificación y adaptación para la defensa mediante artillería que llevó a cabo en Conde de Tendilla por mandato de los Reyes Católicos. A él se accede por unas escaleras a través de unos huecos practicados en su terraza superior. Presenta una planta semicircular,  cubriéndose con bóveda de un cuarto de cañón de ladrillo. Contradiciendo a las leyendas, son dos y no siete las plantas que presenta esta construcción. En sus paredes se abren grandes espacios destinados a alojar los cañones cuyas troneras aun abiertas en algunos casos son claramente apreciables desde el exterior. 


Las leyendas han sido  especialmente fecundas con la Puerta de Siete Suelos envolviéndola de sabor romántico, de ellas dio buena cuenta Washington Irving en su obra. Relata en ella como Boabdil la escogió para salir por última vez de la Alhambra, quedando después clausurada para siempre en su recuerdo. También habla en varias ocasiones del Velluno, aquella criatura monstruosa con forma de caballo sin cabeza que habitaba aquí vagando por los bosques alhambreños en las noches perseguido por seis perros para terror de sus habitantes. 


Para saber más: conocemos el aspecto original de esta puerta gracias a un grabado de James Cavanah Murphy de los primeros años del XIX contenido en “The Arabian antiquities of Spain”, publicado en Londres en 1813, el cual podemos ver en la web del Patronato de la Alhambra. También recomendamos un artículo de Luis Seco de Lucena, publicado en la revista Blanco y Negro el 31 de octubre de 1920, que reproduce el blog “Granada y Seco de Lucena”.     

Para visitarla: no se encuentra esta puerta, por los habituales motivos de conservación, dentro de la visita general a la Alhambra. Se abre cada cierto tiempo como espacio del mes y para otras actividades extraordinarias como visitas guiadas que podemos consultar en la web del monumento.

viernes, 26 de octubre de 2012

El Bicentenario de la Alhambra

Puerta de Siete Suelos, reconstruida en los años 60 del siglo XX
1812 es un año que se recuerda en España por la promulgación de la Constitución de Cádiz. Pero a nivel local, Granada tiene también motivos para celebrar que hace doscientos años se salvó, casi de milagro, su monumento más representativo. Los dos años y medio de ocupación francesa en la ciudad (1810-1812) arrojaron un saldo claramente negativo. A pesar de algunos avances en el urbanismo, el Invasor destruyó monumentos y edificios históricos, sustrajo importantes obras de arte, esquilmó las arcas públicas y dejó sumida a la población en la ruina y la hambruna, “despidiéndose” de ella con el hecho que hoy recordamos.

Horacio Sebastiani            
Nicolás Soult
La ciudad fue controlada sin oposición de las autoridades a principios de 1810 por el conde Horacio Sebastiani. A él se debe el expolio y la destrucción de numerosos conventos, la creación del Paseo del Salón, el Puente Verde y algunas obras de reparación en los abandonados palacios de la Alhambra. Todo ello, claro está, a costa de las arcas públicas y de abusivos impuestos. Su “blanda” gestión y no haber conseguido vencer a las guerrillas hará que sea relevado por el  barón de Leval en junio de 1811 y en agosto por el temido mariscal Nicolás Soult. El año escaso de estancia de este en la ciudad será el peor para Granada, nuevos impuestos y requisas de alimentos harán crecer el  malestar entre la hasta entonces sumisa población. Ya en el verano de 1812, en que el ejército del duque de Wellington entra en Madrid, el temor de quedar atrapados en Andalucía hace que comience la retirada de las tropas francesas por el Levante. El 15 de Septiembre el General Ballesteros acampaba en Padul y Soult salía de Granada con todo el dinero que le fue posible sustraer. Era práctica habitual destruir cualquier plaza fuerte, munición, maquinaria, y hasta las reservas de alimentos que al dejar atrás pudieran servir al enemigo. Aquí habían utilizado, entre otras, la fortaleza de la Alhambra. Su suerte estaba echada. 

Perímetro de murallas destruido en 1812
Fue la noche del dieciséis al diecisiete de septiembre, así lo relata un testigo presencial, Nicolás Peñalver: “¿Quién podría olvidar el espantoso estruendo que producían al desplomarse los antiguos torreones y al reventar las minas que debajo de ellos se abrieron?” En efecto, Soult había mandado minar todo el perímetro de la Alhambra, a parte de las fortalezas de Santa Elena y del Azeytuno, también destruidas esa noche. Aquí la historia se convierte en leyenda, la del Cabo de Inválidos José García, cuya existencia se ha puesto en duda al no tener noticias ciertas de él después del valeroso hecho que se le atribuye. La mecha se prendió en la Torre de la Barba a escasos metros de la Puerta de la Justicia, avanzando y destruyendo las murallas del lado Sur de la fortaleza. Fueron cayendo parcial o completamente las torres de los Carros, de los Abencerrajes, de las Cabezas, de la Bruja, del Capitán, de Siete Suelos, de Baltasar de la Cruz, de Juan de Arce, del Agua y del Cabo de la Carrera.
Reconstruidas torres de Baltasar de la Cruz y de Juan de Arce
La siguiente era la calahurra de Muhammad VII, la “Torre de las Infantas” iba a convertirse en escombro, pero la mecha se cortó. José García, que había quedado cojo en Bailén en 1808, corrió a tirarse sobre el reguero de pólvora que ya se encaminaba hacia los Palacios Nazaríes. Según otras versiones, el sentido de la voladura fue el inverso, alguna incluso niega que hubiera intención de destruir toda la Alhambra. Sea como fuere, mucho se perdió esa noche, pero también fue mucho lo que se salvó. Aunque en la actualidad están reconstruidas, algunas de estas torres permanecieron más de un siglo en ruinas. Ahora bien, ¿fue verdad que  José García salvó la Alhambra o simplemente la mecha falló por algún defecto de preparación?, ¿por qué permaneció en el anonimato después?, estos interrogantes aun circulan sobre este hombre cuya memoria recuerda una placa colocada en 1936 en la Plaza de los Aljibes. Existiera o no, la figura del Cabo García representan la de tantos españoles anónimos, “esclavos del honor”, que defendieron su patria hace doscientos años.


Para saber más: nuevamente tenemos que citar a Francisco de Paula Valladar, quien en el número 338 de la revista "La Alhambra", escribió el artículo “El Centenario de la Alhambra” en 1912, en el cual nos dice: “como me imaginé no celebra Granada el centenario de la salvación de su célebre Alhambra”. También de él es el libro “La Invasión Francesa en Granada”. Más reciente es la obra de Cristina Viñes Millet, “Granada ante la Invasión Francesa”, o el artículo “Sebastiani: el general que ocupó Granada” de Cesar Girón, aparecido en el número 1 de la revista "Garnata". La lectura de estos trabajos ayuda a conocer cómo era la Granada de 1812.

 Torre del Agua

viernes, 21 de enero de 2011

El Carmen de los Mártires (I). El Corral de Cautivos


En época nazarí, la población de religión distinta a la islámica en Granada se reducía a viajeros o comerciantes y principalmente a los cautivos. Estos, en su mayoría castellanos habitantes de las tierras limítrofes con Granada, eran hechos prisioneros durante las frecuentes refriegas y escaramuzas que se producían entre ambos reinos. Un interesante documento gráfico sobre este tema se encuentra en la denominada “casa de las pinturas” del Partal de la Alhambra en la que se observa una escena del regreso de soldados con cautivos cristianos, siendo este uno de los pocos testimonios nazaríes sobre el tema. Más numerosas son las fuentes cristianas como las que afirman que en el momento de la toma por los Reyes Católicos había en Granada entre setecientos y mil quinientos presos, “pocos” ya que muchos otros murieron durante su cautiverio. Como curiosidad, si visitamos la ciudad de Toledo podremos ver colgadas de la fachada del Monasterio de San Juan de los Reyes las cadenas de estos, que fueron mandadas colocar allí en recuerdo y acción de gracias por su liberación. Para albergar a un número tan importante de personas, aunque la comodidad de los prisioneros no era precisamente prioritaria, sería necesario disponer de un amplio espacio acondicionado para ello.

Monasterio de San Juan de los Reyes, Toledo

Este se situaba en la denominada loma de Ahabul que iba desde Torres Bermejas hasta la puerta de los Siete Suelos que entonces se llamaba Bab-al-Guduz, la puerta de los pozos, por existir en esta zona numerosos silos que pudieron servir como almacenes o mazmorras, o ambas cosas. El viajero alemán Jerónimo Munzen pudo verlo en persona en 1494 y lo describe como “un lugar espacioso, rodeado por un muro,…, donde hay catorce profundas cuevas, muy estrechas por la parte alta, con un solo orificio, de mucha profundidad y cavadas en la misma roca”. Fue conocida esta prisión por los castellanos como corral de cautivos, de cristianos o de Cieza por proceder algunos de dicha población". Justino Antolínez de Burgos, vicario general del Arzobispado también describe estas mazmorras en su obra “Historia eclesiástica de Granada” diciendo que “edificaron algunas torres e trechos, de donde velaban de noche a los cristianos porque no se levantasen o huyesen. Junto a estas torres y mazmorras hicieron unos portales o colgadizos, donde tenían gran cantidad de grillos, esposas y cadenas con que los aherrojaban de noche”. Estas mazmorras consistían pues en un profundo pozo de forma troncocónica, por cuya estrecha embocadura se introduciría o sacaría a los cautivos mediante cuerdas o escalas como se observa en un grabado de Frans Hogenberg perteneciente a la colección “Civitates Urbis Terrarum”. Igualmente, al estar amurallado, no es descabellado pensar que la fortaleza de Torres Bermejas se integrara en este recinto. Como misteriosa podemos calificar la existencia de numerosos pasadizos subterráneos bajo el cercano Carmen de Rodríguez Acosta, que los especialistas relacionan con estos silos, pudiendo ser galerías de comunicación entre las mazmorras.


A parte de estos pasadizos, al otro lado del callejón del Niño del Royo en el que se sitúa la citada fundación, en el Carmen de los Catalanes o Peñapartida, se han hallado varios de estos pozos y dos torreones que pudieran formar parte de las mazmorras. Igualmente, dentro del propio Carmen de los Mártires, Leopoldo Torres Balbás encontró en 1930 una mazmorra de cinco metros de profundidad por diez de diámetro en su fondo y dos en su embocadura. Todo ello viene a corroborar la importancia y extensión de este recinto en el que además se enterraba a aquellos cautivos que morían durante su cautiverio como afirma el propio Munzen y ratifica el carmelita descalzo natural de Granada e historiador fray Francisco de Santa María: “hanse hallado en este corral muchas sepulturas, que conocidamente fueron de cristianos por cruces y otras insignias que junto a los huesos se descubrieron”. Es por ello que tras la toma de la ciudad se denominó esta loma como “Campo de los Mártires” con fama de lugar santo, aspecto en el que ahondaremos en la siguiente entrada dedicada a este tema.

Relieve del retablo mayor de la Capilla Real.
Boabdil entregando las llaves y liberación de cautivos.
Foto: Web de la Capilla Real.

sábado, 30 de octubre de 2010

El Jardín de los Adarves (y IV). La transformación del siglo XVII.



Tras demasiados meses de silencio en esta etiqueta, retomamos y concluimos nuestro paseo por este jardín en este otoño de jazmines floridos antes de proseguir con otros espacios alhambreños. Como ya vimos en la anterior entrada, el origen de esta plataforma, que hoy día cierra la visita a la Alcazaba granadina, estuvo en las obras de adaptación de la fortaleza al sistema defensivo de la artillería. Sin embargo, en el siglo XVII, pasados más de 100 años de la toma de la ciudad, consumada la expulsión definitiva de España de los moriscos en 1609 y diluido el peligro otomano en el Mediterráneo, las defensas de la ciudad resultaban innecesarias. Más aun pensando que el escenario bélico entonces eran los Países Bajos.



Se ha dado el año 1628 como fecha aproximada en la que la zona se convierte en jardín. Entonces era alcaide de la Alhambra el quinto marqués de Modéjar, Íñigo López de Mendoza. En dicho año se tiene constancia de la colocación de uno de los dos pilares que lo adornan, en concreto el situado al Este, al pie de la “Torre Hueca” o “del Adarguero”, en cuyo frente aparece un relieve de figuras marinas de cuyas bocas brotan caños de agua. Al otro extremo del jardín otro pilar, en el que aparecen tres arcadas vacías, se adosa a la “torre de la Sultana”. Existe una leyenda sobre su construcción, muy del estilo de las que Washington Irving recogiera de los habitantes de la Alhambra para sus cuentos, según la cual se descubrieron unos jarrones llenos de monedas de oro que habían sido escondidos en tiempos de los nazaríes, don Íñigo destinaría parte de ese oro a convertir el frio reciento militar en el bello jardín que ahora contemplamos.


En el crecen hoy en día numerosas especies vegetales cuidadas con un mimo esquisto por los jardineros del monumento, destacan los magnolios, naranjos, rosales, jazmines o palmeras, de tan alto tamaño que sobrepasan en altura las murallas de la Alcazaba lo cual permite distinguirlas desde los miradores de la ciudad, junto a otros menos fáciles de reconocer como el árbol de Júpiter o la glicina, trepadora que forma un verdadero entoldado vegetal para dar sombra al jardín. Junto a ellas no podía faltar el ciprés que si en el mundo latino se asociaba con la muerte y los cementerios, en la cultura oriental simbolizaba todo lo contrario, la salud y la vida, es mas se dice que cada familia plantaba uno en su jardín cuando nacía una niña para que crecieran a la par y una vez pasaran los años se supiera que allí había una doncella casadera. Y, cómo no, el arrayán también destaca entre la flora de este bello paraje abierto hacia el mediodía granadino. Abandonamos este jardín con el texto recogido en una placa colocada en la muralla interior que nos habla precisamente del arte de la floricultura. Son las palabras que el bohemio Francisco Villaespesa dedico al poeta Fauzi Maluf del que tradujo al español el poema árabe “En la Alcatifa de los vientos”. Su pueblo natal, Láujar de Andarax, le dedico este homenaje en el centenario de su nacimiento en este recogido jardín alhambreño en el que rosales carmesís le sirven de marco.

jueves, 4 de marzo de 2010

El Jardín de los Adarves (III). La Torre de la Pólvora.

A pesar de que hace ya muchos meses que abandonamos este enclave de la Alcazaba alhambreña al que dedicamos dos entradas (I, II), deberemos volver sobre nuestros pasos para visitar esta torre que por entonces se encontraba cerrada por obras de restauración. Además nos ayudará a ampliar los datos que entonces recogíamos sobre el jardín en el que se sitúa.
Si seguimos el itinerario que marca el Patronato de la Alhambra, una vez pasada la Torre de la Vela atravesaremos una puerta practicada en la muralla más interior de la Alcazaba que separa la Plaza de Armas del Jardín de los Adarves. A nuestra derecha se levanta esta torre conocida por varios nombres como “de Cristóbal del Salto”, “de la Guardia” o, el más habitual, “de la Pólvora”. Su situación en el ángulo SO del recinto, enrasada con la antemuralla, la hace un punto estratégico para la defensa de este vigilando la vaguada que hoy conocemos como Cuesta de Gomérez y Paseo Central de Coches. ¿Sería esta la razón para llamarla “de la Guardia”? De su cara Oeste parte la muralla que baja hasta la Puerta de las Granadas y sube nuevamente la colina del Mauror hasta el castillo de Torres Bermejas. Esta privilegiada posición sobre el bosque de la Alhambra propició que en época cristiana se construyera una batería de artillería en dicha torre, en cuyo interior se guardaba la pólvora necesaria para su funcionamiento. De ahí que haya llegado a nuestros días con el nombre de “Torre de la Pólvora”.


El uso de la artillería había tenido gran importancia en las victorias cristianas en la guerra de Granada. Si bien fue introducida en la península por los árabes, fueron los aragoneses quienes más evolucionaron en las técnicas para proteger sus fortalezas de las temibles armas de fuego mientras las defensas nazaríes quedaban obsoletas ante las nuevas artes de la guerra de las que Fernando el Católico fue uno de los mayores estrategas. La suerte estaba echada. Nada más tomar posesión de la ciudad, los Reyes mandan fortalecer las expoliadas murallas. La razón es la necesidad de vigilar a la población morisca y poder reaccionar ante un alzamiento así como defenderse de un hipotético ataque del creciente Imperio Otomano que dos siglos después llegaría a poner cerco a la ciudad austriaca de Viena. Estas obras fueron las que dotaron a nuestra Alhambra de la fisonomía que conocemos en la actualidad. En esta zona en concreto, tanto la torre como lo que hoy es el jardín se convirtieron en una plataforma artillera para lo que era necesario un amplio adarve que facilitara la circulación de las enormes piezas y personal, razón esta por la que se relleno el foso entre las dos murallas aumentando considerablemente la superficie.


Tras un minucioso proceso de restauración que ha durado cuatro años, la Torre de la Pólvora vuelve a presentar el mismo aspecto que entonces. En el peto del muro se observan claramente dos huecos para las piezas de artillería que protegían el acceso por Gomérez, las únicas almenas artilladas de la Alhambra, que con el paso de los años y la pérdida de su función defensiva habían quedado literalmente enterradas. Una habitación se abre en su base así como unas escaleras para subir a su terraza desde donde se divisa toda Granada a la par que nos ofrece una visión totalmente distinta de la Torre de la Vela. Desgraciadamente, tras su restauración, su interior ha quedado excluida de la visita general al monumento por motivos de conservación aunque si se permite acercarse a las remozadas almenas.

viernes, 1 de enero de 2010

Capilla de la Puerta de la Justicia.


La monumental Puerta de la Justicia (bab al-Saría, la puerta de la explanada), construida en 1348 por Yusuf I, era el acceso principal del ejército a la Alhambra en tiempos del Reino Nazarí, sirviendo también para recibir a las comitivas oficiales. Si bien presenta todas las características de la arquitectura militar en lo referente a la defensa de la misma como elemento susceptible de ser atacado, también encontraremos elementos decorativos en sus paramentos como corresponde a la entrada a un palacio. Es por ello un interesante ejemplo de la capacidad que tuvieron los nazaríes para construir un bastión inexpugnable y bello a la vez.


Dejando para otro momento análisis más detallados, nos quedaremos, en esta conmemoración del quinientos dieciocho aniversario de la Toma de Granada, junto a la pequeña capilla que existe en el interior de su pasadizo. La presencia de este retablo en semejante sitio se debe a que este es uno de los que la tradición señala como lugar donde se celebró la primera misa tras la entrega de la ciudad a los Reyes Católicos. El mismo, obra de Diego de Navas de 1588, se compone de varias tablas en las que se representan santos relacionados con la Reconquista. Así podremos observar a San Miguel venciendo al demonio representado por un sarraceno y a Santiago Apóstol a caballo blandiendo la espada contra los musulmanes, popularmente conocida esta iconografía como “Santiago matamoros” como era la costumbre de la época. Esta era consecuencia de las leyendas castellanas en las que se narraba la intervención milagrosa del Santo en auxilio de los caballeros cristianos en las batallas contra los musulmanes de las que por ejemplo se hace eco el hispanista Washington Irving en algunas de sus obras relacionadas con la Reconquista. La iconografía de San Miguel en el cristianismo desde antiguo ha sido representada según la visión apocalíptica que lo nombra como jefe de los ejércitos celestiales en oposición al mal contra el que enarbola una flamígera espada. Ya que en aquella época unas y otras religiones consideraban como “infieles” a quienes no confesaban su mismo credo, la imagen del Arcángel vino muy bien a los soberanos cristianos para justificar, cumpliendo una particularísima interpretación de lo escrito en los evangelios, la guerra de religión en que se convirtió la Reconquista. Pero lo cierto, y lo que invita a la reflexión, es que las otras dos religiones monoteístas veneran a este Arcángel que aparece en sus textos sagrados, aunque con diferentes matices. Para los hebreos es el protector del pueblo de Israel, mientras que para los musulmanes es el ángel asociado a las bendiciones. Otros lienzos representan a la Virgen con el Niño y San Francisco de Asís, santo de gran devoción para los Reyes Católicos que también aparecen retratados en la parte inferior en actitud orante. Junto al retablo, un azulejo incrustado en la pared del pasadizo recuerda los hechos y personajes relacionados con la conquista:


Los muy altos católicos y muy poderosos señores Don Fernando y doña Isabel Rey y Reina nuestros señores, conquistaron por guerra de armas este reino y ciudad de Granada la cual después de haber tenido sus altezas en persona sitiada durante mucho tiempo el rey moro Muley Hacen les entregó con su Alhambra y otras fuerzas a dos días de enero de mil y cuatrocientos noventa y dos años. Este mismo día sus altezas pusieron en ella por su alcalde y capitán a Don Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, su vasallo al cual partiendo sus altezas de aquí dejaron en la dicha Alhambra con quinientos caballeros y mil peones, y a los moros mandaron quedar en sus casa en la ciudad y sus alquerías como primero estaban. Este dicho conde por mandamiento de sus altezas hizo construir este aljibe.

Por error se cita en dicha placa a Muley Hacen, que entonces ya había muerto, y no a Boabdil como soberano que entregó el reino. Por otro lado hace alusión al aljibe de la Plaza de los Aljibes donde originariamente fue colocada esta inscripción en 1494, trasladándose a este lugar en 1599.


Permanece cerrada esta capilla durante todo el año con la excepción de la jornada del 2 de Enero en el que el Patronato de la Alhambra mantiene la tradición de abrir sus puertas para que sea contemplada por los visitantes del monumento. Tenemos pues una buena oportunidad de conocerla si se tiene la intención de subir a tocar la Campana de la Vela en este día festivo en el que Granada, dejando aparte ideologías que nada tienen que ver con la ciudad, celebra uno de los acontecimientos por los que tiene el honor de ser nombrada en los libros de historia.

viernes, 23 de octubre de 2009

El Agua de la Vida


Conocida es la predilección que han tenido a lo largo de los tiempos las distintas civilizaciones por la tierra del granado en fruto, por su situación y por los diferentes recursos que aquí se encuentra como la fértil Vega o el agua cristalina que baja de la sierra. Pero quienes prestaron especialmente atención a este regalo que inunda todas nuestras tierras fueron los árabes, para ellos Granada era como un oasis en medio del desierto y su agua un tesoro que proteger y dignificar.

Por ello la vida de los musulmanes granadinos la marcaba ese preciado bien y allá por donde transitaran siempre iban al encuentro del agua. Esta, a parte de ser fundamental para la vida, también sirve para crear belleza, su discurrir además está cargado de simbolismo. El elemento más repetido de los palacios granadinos, a excepción claro está de la piedra y el ladrillo, de la filigrana y de la profusa decoración, es el agua. Sin el agua no se puede comprender la ciudadela alhambreña, esta hace que los palacios tengan esa dimensión de eternidad y grandeza. Toda vivienda nazarí se dispone siempre alrededor de un patio con una alberca pequeña en las casas de la medina o grandes y majestuosas en los palacios reales.

Estos estanques hacen que el agua se convierta en un espejo maravilloso donde todo toma una doble dimensión, la historia de civilizaciones milenarias se refleja en la alberca con precisión milimétrica dando sensación de eternidad. Junto a estas albercas, en sus extremos, suele haber una pequeña taza casi a nivel del propio suelo con una gran carga simbólica. Estas fuentes circulares representa el proceso vital de todo ser vivo, el surtidor semeja la explosión del nacimiento que al caer se desparrama en un ancho círculo símbolo del crecimiento y de la continuación de la vida, rápidamente primero, lentamente al llegar a sus extremos. Una vez que ha ocupado toda la taza correrá lánguidamente por el estrecho canal de la muerte para, por fin, terminar derramándose en el gran estanque central, la eternidad, el cielo, el más allá, o como queramos llamarlo. Todo un ejemplo de la importancia que tiene el agua para el Islam y más en una ciudad donde los vergeles forman un todo indivisible con el paisaje.

domingo, 30 de agosto de 2009

Un paseo por la Medina (y IV). Capilla del Parador de San Francisco.


Concluiremos nuestro paseo subiendo la Calle Real hasta llegar al Parador Nacional de San Francisco, antiguo convento de franciscanos que fuera el primero en fundarse tras la conquista gracias a una promesa de los monarcas castellanos al santo de Asís. Situado en el secano de la Alhambra, a el accederemos a través de un amplio compas ajardinado. Se levanta sobre un antiguo palacio nazarí construido en la época de Muhammad III a principios del siglo XIV, su planta era similar a la del Generalife con un patio alargado con acequia y pabellones en los extremos. Los avatares, vicisitudes, exclaustraciones, expolios, ruinas y restauraciones que sufrió el edificio necesitan ser analizadas detenidamente en otra ocasión, hoy nos detendremos en lo que queda de su capilla.

Junto a la puerta de entrada al hotel contemplaremos el campanario del siglo XVIII antes de penetrar `por la puerta que se abre a la única nave de la iglesia. La bóveda que la cubría desapareció en el siglo XIX, no habiéndose recuperado posteriormente y alzándose en la actualidad en su interior esbeltos cipreses. A la derecha se abren arcos que comunican con el antiguo claustro dieciochesco, hoy convertido en restaurante. A la izquierda podremos observar una pequeña capilla con retablo barroco y algunas lapidas conservadas de los enterramientos tanto de frailes como de nobles que aquí existieron. Pero destacaremos sobretodo el crucero y capilla mayor al fondo de la nave de la que las separa un arco nazarí profusamente decorado. Para el crucero se aprovechó una Quba cubierta con una bóveda de mocárabes, la capilla mayor al fondo era el mirador del palacio que se abría y aun lo hace sobre los jardines mediante tres arcos sobre columnas de mármol con celosías, también con decoraciones de arabescos y cubiertos con bóveda de mocárabes. A ambos lados del crucero se abren arcos que comunican con dos capillas laterales cubiertas con armaduras de madera renacentistas. Es esta parte del ex-convento la que mejor ha conservado su fisonomía original nazarí, perdida tras las obras realizadas en 1729 que dieron paso al edificio que nos ha llegado en el que solo se han podido encontrar restos aislados de decoraciones a parte de estas tan bien conservadas de la capilla.
Este oratorio fue nada menos que el primer y provisional enterramiento de los Reyes Católicos, aquí fueron depositados mientras se terminaba de construir la Capilla Real como reza una lápida de mármol en el suelo. Así lo hizo constar la Reina en su testamento, dado en Medina del Campo (Valladolid) en 1504. En el expresaba su deseo de descansar aquí en una sencilla sepultura vistiendo el hábito franciscano, dejando autoridad al Rey Fernando de cambiar esta voluntad a fin de descansar juntos para la eternidad. Sus restos fueron inhumados el 18 de Diciembre de 1504, tras un viaje de 23 días desde tierras castellanas. El 6 de Febrero de 1518 seria el turno del Rey, cumpliendo la voluntad de su esposa. Finalmente, acabada la Capilla Real, el Emperador Carlos V mandará en 1521 el traslado solemne de sus restos al regio edificio. Posteriormente también sirvió esta capilla desde 1523 como sepultura para los Condes de Tendilla, Alcaldes de la Alhambra.

sábado, 15 de agosto de 2009

Un paseo por la Medina (III). La casa del Mufti y el Baño de la Mezquita.


Dejamos atrás el Patio de Machuca y bordeamos el Palacio Imperial con sus trazas manieristas para llegar a la calle Real. Este era el eje vertebrador de la ciudadela alhambreña, de su trazado original distinto al actual se pueden observar algunos vestigios visitando el Museo de la Alhambra en la planta baja del Palacio de Carlos V. Estos aparecieron bajo el suelo del edificio en una restauración.
Palacios, edificios administrativos, baños, casas particulares y talleres se distribuían a lo largo de esta vía que iba desde la puerta del Vino hasta lo que hoy es Parador Nacional de San Francisco. Muy pocas de estas construcciones han llegado a nuestros días, la construcción de los edificios de carácter público y la necesidad de espacios amplios supusieron su desaparición. Una de ellas, de la que se recupero la planta hacia 1925, es la llamada casa del Mufti la cual debió ser más bien un pequeño palacio. El Mufti era un experto conocedor del Corán y las tradiciones, ejercía como ayudante del cadí o juez. Situada al Sur de Carlos V, podemos ver los muros recuperados hasta media altura los cuales nos dan una idea de su trazado claramente nazarí. Podremos observar el patio central con alberca, el arranque de los pilares sobre los que se abrían arcadas en uno de los lados menores de este y alrededor las distintas habitaciones de la casa. Sus dimensiones, nada modestas para la época, hacen creer que debió ser la vivienda de alguna familia de la nobleza o bien situada de ahí que se le haya dado el nombre de este funcionario.


Subimos la Calle Real hasta la herreriana iglesia de Santa María de la Encarnación, construida en el solar de la mezquita real, junto a la que se conserva el baño que servía a dicho edificio. Este forma parte de la conocida como casa del Polinario, hoy convertida en museo del guitarrista granadino Ángel Barrios hijo de Antonio Barrios el Polinario. Los baños árabes cumplían varias misiones, por un lado la limpieza corporal y espiritual, imprescindible para acceder al recinto de la oración. Por otro al ser propiedad de las mezquitas en muchas ocasiones, como el que nos ocupa, lo recaudado por su uso ayudaba al mantenimiento de estas. Su distribución la toman los árabes de las termas romanas, con las distintas salas de agua caliente, templada y fría. No profundizaremos más en su estructura pues lo dejamos para el momento en el que visitemos el Bañuelo, uno de los mejores exponentes de este tipo de edificios. Centrándonos en el que nos ocupa, accederemos a un pequeño patio junto al que se encuentra la caldera para calentar el agua. Pasaremos después a la primera sala, la caliente, la cual se cubre con bóveda de ladrillo en la que se abren pequeñas claraboyas con forma estrellada para la iluminación. A los lados de la sala se abren con dobles arcos de ladrillo sobre columnas habitaciones laterales, llamadas alanías, espacio dedicado a las bañeras. Las siguientes salas serán para el agua templada y fría, de idénticas características. Finalmente se accede a través de un pasillo en recodo a una sala con una alta linterna cuadrada en la que se abren dieciséis ventanillas, aquí se han conservado algunos restos de yeserías. Adosada al baño existe una casa nazarí a la que no se puede acceder habitualmente, queda para otra ocasión el conocerla, formando todo ello un complejo dependiente de la mezquita. Son pocos los visitantes que reparan en que este baño es de libre acceso y pasan de largo, sirvan estas líneas para descubrir otro rincón alhambreño.

sábado, 1 de agosto de 2009

Un paseo por la medina (II). La Madraza de los Príncipes y el patio de Machuca.


Continuamos nuestro paseo adentrándonos en la plaza ante la fachada principal del Palacio de Carlos V, asomados al mirador de esta divisaremos el viejo Albayzín. Bajando la mirada, no sin esfuerzo, observamos los restos conservados de algunas construcciones que integraban los palacios reales y que no sobrevivieron al expolio al que durante siglos se sometió a la fortaleza. En concreto aquí se situaba la Madraza de los Príncipes, al pie de la Torre de las Gallinas y adosada a esta lo que hoy conocemos como el patio de Machuca. Esta escuela coránica estaba destinada a los jóvenes pertenecientes a la realeza nazarí, aquí los príncipes eran instruidos en teología, filosofía y ciencias. Era además la entrada a los Palacios Reales, accediendo a través de una puerta en la galería del lado Oeste el visitante debía cruzar el patio de la madraza para pasar después al de Machuca y el Mexuar.


La traza de las madrazas fue determinada por los persas en el siglo XI, se basa en un patio central cuadrado alrededor del cual se sitúan cuatro pabellones. El situado al Sur, más cercano al mirador, era el dedicado al estudio. En la esquina Sur-Este del edificio se situaba un pequeño oratorio y su alminar, su planta se diferencia claramente del resto por estar orientada a la Meca como es preceptivo lo que se traduce en un descuadre de sus muros con respecto al resto del conjunto. Los demás pabellones debieron albergar las habitaciones de los estudiantes, profesores, bibliotecas, etc., todo ello perdido con el paso del tiempo.


Del patio de Machuca nos ha llegado la galería Norte, llamada de los planos, con sus nueve arcos sobre columnas de mármol, las habitaciones y la torre a la que se adosa, denominada de los Puñales, en las que se conservan aun algunas decoraciones. Debe su nombre al pintor toledano Pedro Machuca, arquitecto del Palacio de Carlos V, ya que se cree que en este lugar tuvo su casa y estudio durante la construcción del palacio. Al otro lado del patio existió otra galería no conservada, con buen criterio se colocó en este lugar un seto con forma de arcadas como recuerdo de esta. En el centro del patio se sitúa una alberca rodeada de naranjos. El interior de la torre es un mirador sobre la ciudad al que por desgracia no tiene acceso el visitante para disfrutar de una vista única.

Toda la zona fue excavada e investigada por los arquitectos conservadores de la Alhambra Modesto Cendoya y Leopoldo Torres Balbás, a cuya labor debemos el conocemos hoy la disposición de la madraza y su funcionamiento. La vista que ofrece en la actualidad obliga a hacer un ejercicio de imaginación puesto que se reconstruyeron los muros en sus cimientos hasta una altura de un metro para dar una idea de la planta del edificio sin llegar a levantarlo de nuevo. Esta técnica restauradora, seguida por Torres Balbás, es muy habitual en la Alhambra. El criterio es no construir donde se hayan perdido por completo los elementos arquitectónicos, de esta manera evita el hacer suposiciones o incurrir en errores. También se debe a Balbás la recuperación de las columnas de la galería de Machuca, las cuales habían sido sustituidas por pilares de ladrillo en siglos pasados y reutilizadas en otras construcciones, devolviéndolas a su emplazamiento primitivo. El nuevo acceso a los Palacios Nazaríes permite al visitante pasar cerca de los restos de estos patios, siendo una oportunidad para detenerse a contemplar las huellas del pasado de una parte del monumento.

jueves, 25 de junio de 2009

Un paseo por la medina (I). La Puerta del Vino

Nos situamos hoy en un lugar de sobra conocido, la Plaza de los Aljibes, paso obligado para todo visitante del monumento granadino. Iniciamos un paseo por las zonas de libre acceso del recinto alhambreño que, sin la suntuosidad de los palacios, están cargadas de historia olvidada en algunos casos. Nuestros pasos nos llevaran ante la célebre Puerta del Vino, su nombre actual proviene de la costumbre de depositar en este lugar el vino libre de impuestos que consumían los habitantes de la Alhambra. Originariamente era conocida como Bib al-hamra, la puerta roja o de la Alhambra. Se cree que fue construida por Muhammad III (1302-1309) y a diferencia de las situadas al exterior del recinto esta carecía de cualquier función militar. Más bien es considerada una muestra de un arte monumental o triunfal de forma idéntica a los arcos de triunfo construidos por los romanos. Por otro lado, abría un espacio singular destinado a grandes celebraciones con un importante carácter político-religioso denominado “musalla” o “saría” que existía ante la mezquita aljama, hoy ocupada por el palacio de Carlos V y las plazas aledañas. El pasadizo interior, de los denominados rectos, se cubre con bóveda de aristas en la que se adivinan restos de decoración en imitación a ladrillo, a los lados de este existen asientos para la guardia de la puerta cubriéndose con bóvedas esquifadas. En ambas fachadas se abren sendos arcos de herradura apuntados si bien se aprecian importantes diferencias entre ellos. En la fachada exterior, hacia la alcazaba, el arco se resuelve con dovelas de piedra y sus enjutas se cubren con decoraciones de ataurique labradas en la piedra. Todo ello queda enmarcado por un alfiz sobre el que descansa un dintel adovelado en el que aparece la llave símbolo de los monarcas nazaríes. Por encima aparece una banda de escritura en la que con caracteres africanos se dice: Me refugio a dios, huyendo de Satanás apedreado. En el nombre de dios clemente y misericordioso, la bendición de dios sea sobre nuestro señor y dueño Muhammad (Mahoma), y sobre su familia y compañeros; salud y paz. Ciertamente te hemos abierto una puerta manifiesta, para que te perdone dios tus pecados pasados y venideros, y te otorgue su cumplida gracia, y te dirija por el camino recto, y te conceda su poderoso auxilio. Gloria a nuestro señor el sultán Abú Abdil (Mohammed V) -lah alganí bil-lah(Contento con Dios, epíteto honorífico de este rey).
Por su parte las dovelas del arco interior son de ladrillo así como el dintel superior y en las enjutas aparecen decoraciones cerámicas. Ambas fachadas se culminan con ventanas gemiadas que dan luz a las estancias superiores las cuales sirvieron hasta el siglo XIX como vivienda, de alguno de sus moradores nos habla Irving en los “Cuentos de la Alhambra”. Una tarjeta postal de esta enviada por Manuel de Falla al compositor Claude Debussy sirvió para inspirar su pieza “La Puerta del Vino” (que podemos escuchar en el blog) como recuerda un azulejo colocado en su fachada. La celebración del Festival Internacional de Música y Danza de Granada es una buena excusa para pasear por estos jardines y detenerse a observar la elegante traza de este arco construido para mayor gloria de los reyes nazaríes granadinos.